
De vuelta en el gobierno, Perón optó por desheredar a sus “hijos” sin medir las consecuencias
“Tenemos una juventud maravillosa. Yo tengo una fe absoluta en nuestros muchachos, que han aprendido a morir por sus ideales”. Las palabras del general Perón sonaban muy esperanzadoras. Sus jóvenes montoneros, lo habían traído de vuelta al país luego de diecisiete años de exilio. Sin embargo, con el paso del tiempo este hermoso cuento de hadas se transformó en una triste realidad. Perón sospechaba que ellos querían el poder pero olvidaban un pequeño detalle: él no estaba dispuesto a entregarlo.
Ambos se movían por intereses muy diferentes y el general comenzaba a correrlos de escena: su protagonismo había caducado. Sin embargo “los desterrados” no se darían por vencidos tan fácilmente. Así como habían aprendido a morir por sus ideales, comenzarían a matar por lo que tanto habían luchado.
La muerte del líder de la CGT, José Ignacio Rucci jamás se aclaró, sin embargo, la mirada acusadora apunta directamente a “la ex juventud maravillosa” cuyos principales enemigos era “la burocracia sindical”. Curiosamente, a Rucci lo asesinaron dos días después de que Perón ganara las elecciones y obtuviera la presidencia por tercera vez. Curiosamente, Rucci era un alfil irreemplazable para el general
Para comenzar es imprescindible aclarar que Montoneros siempre tuvo en mente la “vuelta gloriosa” de Perón pero no por profesar un sentimiento peronista que los incitara a esto, sino para poder llevar a cabo sus planes con el correr de los días.
La estrategia montonera consistía en quedarse con el peronismo y transformarlo en un partido laborista. “El único camino posible para que el pueblo tome el poder es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental el peronismo”. Una estrategia peligrosa que ya había alertado a Perón cuando supo que ellos habían secuestrado y asesinado al general Aramburu, presidente de la Revolución Libertadora que lo había derrocado. Como era de esperarse, el general bendijo la ejecución pero internamente empezó a comprender con que seres estaba lidiando. Definitivamente, estos jóvenes eran capaces de cualquier cosa y cuando él ya no los necesitase las cosas se pondrían difíciles.
Por lo tanto, Perón les otorgaba un rol importante pero subordinado, él no creía en la guerrilla como un fin en sí mismo a diferencia de ellos que la consideraban como un instrumento de poder. Ésta fue la primera gran diferencia que terminó por destruirlos.
Los muchachos sabían que traer a Perón de vuelta, expandirse nacionalmente y contar con sus propios recursos económicos los colocaba en un lugar muy alto. No obstante, ellos querían más. Nunca se desarmarían, ni estando en democracia. Nunca obedecerían a nadie más que a ellos mismos.
El 20 de Junio de 1973, Perón arribaba al país. Al fin se verían cara a cara. Montoneros y la CGT se enfrentaron por el palco de honor marcando la historia para siempre. La masacre de Ezeiza jamás sería olvidada. Los muertos, los heridos. La organización Montoneros adjudicó sus muertos a la derecha peronista, puntualmente a Rucci. Los peronistas sostuvieron y sostienen que se trató de un invento de “los monto” para tener de que aferrarse luego y así fue. La guerra se desató y ellos ya tenían sus excusas.
“Si hemos llegado hasta aquí ha sido en gran medida porque tuvimos fusiles y los usamos, si abandonáramos las armas retrocederíamos en las posiciones políticas”. Las palabras de Mario Firmenich, uno de los líderes montoneros, quedaron grabadas en la memoria de Juan Domingo Perón. Siempre supo que de alguna manera se cobrarían “la traición”. El sindicalismo había ocupado su lugar y ellos jamás se lo perdonarían. Ellos habían sido desplazados poco a poco y nunca lo asumirían. El asesinato de Rucci terminó por romper el débil lazo que los unía a Perón. Ya nada sería igual.
El 1º de Mayo se pelearon abiertamente con “el viejo” y fueron echados para siempre. A partir de ese momento no hubo vuelta atrás. Perón murió dos meses después y Montoneros poco tiempo después. La guerrilla más grande de Latinoamérica pasó a la clandestinidad y no volvió jamás. No obstante, la voz montonera se sigue oyendo: “Podemos ser el hijo ilegitimo de Perón, el hijo que no quiso, pero el hijo al fin.”
“Tenemos una juventud maravillosa. Yo tengo una fe absoluta en nuestros muchachos, que han aprendido a morir por sus ideales”. Las palabras del general Perón sonaban muy esperanzadoras. Sus jóvenes montoneros, lo habían traído de vuelta al país luego de diecisiete años de exilio. Sin embargo, con el paso del tiempo este hermoso cuento de hadas se transformó en una triste realidad. Perón sospechaba que ellos querían el poder pero olvidaban un pequeño detalle: él no estaba dispuesto a entregarlo.
Ambos se movían por intereses muy diferentes y el general comenzaba a correrlos de escena: su protagonismo había caducado. Sin embargo “los desterrados” no se darían por vencidos tan fácilmente. Así como habían aprendido a morir por sus ideales, comenzarían a matar por lo que tanto habían luchado.
La muerte del líder de la CGT, José Ignacio Rucci jamás se aclaró, sin embargo, la mirada acusadora apunta directamente a “la ex juventud maravillosa” cuyos principales enemigos era “la burocracia sindical”. Curiosamente, a Rucci lo asesinaron dos días después de que Perón ganara las elecciones y obtuviera la presidencia por tercera vez. Curiosamente, Rucci era un alfil irreemplazable para el general
Para comenzar es imprescindible aclarar que Montoneros siempre tuvo en mente la “vuelta gloriosa” de Perón pero no por profesar un sentimiento peronista que los incitara a esto, sino para poder llevar a cabo sus planes con el correr de los días.
La estrategia montonera consistía en quedarse con el peronismo y transformarlo en un partido laborista. “El único camino posible para que el pueblo tome el poder es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental el peronismo”. Una estrategia peligrosa que ya había alertado a Perón cuando supo que ellos habían secuestrado y asesinado al general Aramburu, presidente de la Revolución Libertadora que lo había derrocado. Como era de esperarse, el general bendijo la ejecución pero internamente empezó a comprender con que seres estaba lidiando. Definitivamente, estos jóvenes eran capaces de cualquier cosa y cuando él ya no los necesitase las cosas se pondrían difíciles.
Por lo tanto, Perón les otorgaba un rol importante pero subordinado, él no creía en la guerrilla como un fin en sí mismo a diferencia de ellos que la consideraban como un instrumento de poder. Ésta fue la primera gran diferencia que terminó por destruirlos.
Los muchachos sabían que traer a Perón de vuelta, expandirse nacionalmente y contar con sus propios recursos económicos los colocaba en un lugar muy alto. No obstante, ellos querían más. Nunca se desarmarían, ni estando en democracia. Nunca obedecerían a nadie más que a ellos mismos.
El 20 de Junio de 1973, Perón arribaba al país. Al fin se verían cara a cara. Montoneros y la CGT se enfrentaron por el palco de honor marcando la historia para siempre. La masacre de Ezeiza jamás sería olvidada. Los muertos, los heridos. La organización Montoneros adjudicó sus muertos a la derecha peronista, puntualmente a Rucci. Los peronistas sostuvieron y sostienen que se trató de un invento de “los monto” para tener de que aferrarse luego y así fue. La guerra se desató y ellos ya tenían sus excusas.
“Si hemos llegado hasta aquí ha sido en gran medida porque tuvimos fusiles y los usamos, si abandonáramos las armas retrocederíamos en las posiciones políticas”. Las palabras de Mario Firmenich, uno de los líderes montoneros, quedaron grabadas en la memoria de Juan Domingo Perón. Siempre supo que de alguna manera se cobrarían “la traición”. El sindicalismo había ocupado su lugar y ellos jamás se lo perdonarían. Ellos habían sido desplazados poco a poco y nunca lo asumirían. El asesinato de Rucci terminó por romper el débil lazo que los unía a Perón. Ya nada sería igual.
El 1º de Mayo se pelearon abiertamente con “el viejo” y fueron echados para siempre. A partir de ese momento no hubo vuelta atrás. Perón murió dos meses después y Montoneros poco tiempo después. La guerrilla más grande de Latinoamérica pasó a la clandestinidad y no volvió jamás. No obstante, la voz montonera se sigue oyendo: “Podemos ser el hijo ilegitimo de Perón, el hijo que no quiso, pero el hijo al fin.”






