sábado, 14 de noviembre de 2009

Morir en vida


Los jóvenes combatientes camino a una guerra de la que no regresaron jamás

Cuando vio partir a su hijo, supo que jamás lo volvería a ver. Y así fue. Aquella mirada inocente, no regresó. Juan volvió pero su corazón quedó en Malvinas. Él como sus compañeros, fue enviado a una guerra sin sentido cuyo final ya estaba escrito.
A los dictadores no les importaba perderlos. Ya habían arrasado con toda una generación, la sangre de los jóvenes enviados a la guerra “lavaría sus culpas”.
El Gobierno de facto decidió declarar la guerra a Inglaterra como una posibilidad de “reivindicarse”. Sin embargo, nada podría limpiar el genocidio llevado a cabo. Nada ni nadie podría arrancar al pueblo el sufrimiento que padecía en silencio.
Aquel Abril de 1982 quedó grabado en la memoria de la sociedad argentina, una sociedad que desde hacía años veía morir a sus jóvenes y no podía hacer nada. Una sociedad que sabía que las heridas no sanarían nunca y que la guerra era una más.
Ellos jamás habían tenido entre sus manos un arma. Jamás habían pensado si quiera en llegar a una tierra lejana alzando la bandera de su patria con las piernas temblando. Hacía solo unos días pensaban en la escuela y en la chica que les encantaba. Ahora, pocos pensaban en la vuelta, muchos en la gloria. Los días pasaron y azotados por el frío, vieron como poco a poco sus compañeros caían por un hipócrita ideal.
Se sintieron olvidados, perdidos. Tal vez ya nadie pensara en ellos. Mientras tanto, muchos enviaban ayuda. Jamás llegó nada. Los militares decidieron sobre las posesiones. Sin embargo, no pudieron poseer sus almas.
Las cartas viajaban sin cesar. Las palabras de aliento, las palabras esperanzadas que cruzaban los límites para llegar a destino se perdían ante la inmensidad de la desgracia. Los jóvenes preferían quedar cautivos por el enemigo, ellos los trataban mejor que aquellos que “luchaban junto a ellos” por un mismo motivo. Recuperar las islas. Ciento cincuenta años pesaban sobre sus espaldas. Las islas eran, son y serán argentinas, no obstante, el tiempo “dictaminó lo contrario”. Su sangre no las traería de vuelta.
Mientras la derrota les quitaba el aire a quienes se encontraban luchando en el frente, los medios reflejaban una realidad inexistente. Titulares que gritaban una irrevocable victoria pasearon por las calles. En un abrir y cerrar de ojos, Argentina se rendía. Este perverso juego entre los medios y la Dictadura traspasó todos los límites y no hubo vuelta atrás. Comenzó así, el fin de ambos.
La guerra terminó para algunos pero para otros no culminó jamás. La cantidad de sobrevivientes superó la cantidad de fallecidos en combate, sin embargo, la gran mayoría no pudo soportar la vida después de Malvinas y se suicidó. Muchos otros, se hundieron en la locura para no salir nunca más.
Las islas siguen allí y aunque la bandera que se iza no es celeste y blanca, hay quienes recuerdan constantemente que los sentimientos nadie puede negociarlos. El tiempo pasó pero nadie puede arrancarle al pueblo el rostro de aquellos jóvenes cuyos ideales sí eran puros.








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