
El momento educativo actual en relación a la Reforma Universitaria
Cada fiesta de egresados fue desde siempre, una gran alegría para quienes culminan el secundario. Sin embargo, en los últimos tiempos esta fiesta tomó un tinte diferente.
Jóvenes aliviados, experimentan la satisfacción de no tener que volver a tocar un libro a no ser que se trate del manual de manejo.
Ante este panorama, resulta confuso pensar en ellos, “los chicos de la Reforma”, ellos que lucharon con todas sus fuerzas porque querían participar. Porque simplemente querían estudiar dignamente.
Corría el año 1918.Por un lado, Argentina se veía inundada por corrientes de extranjeros que huían de la guerra y querían “hacer un país diferente”.
Por el otro, jóvenes universitarios que también huían. Huían de un modelo de país liderado por la oligarquía y de aquellos que decían ser sus maestros pero que simplemente eran títeres de la Iglesia Católica.
Ellos decidieron dejar de escapar y comenzar a hacer algo distinto.
La Reforma se gestó en Córdoba pero alcanzó a toda América Latina.
Sus objetivos se fueron cumpliendo uno a uno, desde el acceso a la docencia por parte de cualquier persona capacitada para dicha actividad, hasta la posibilidad de estudiar en un ámbito público.
Sin embargo, con el paso del tiempo la acción social disminuye a pasos agigantados y no se visualizan siquiera huellas de aquellos románticos que lograron ganarle a la aristocracia. Si supuestamente, hay que conocer el pasado para entender el presente, en estas circunstancias pareciera faltar una porción de historia. ¿Qué es lo que sucedió?
La educación argentina comenzó a crecer a partir de la necesidad irrefrenable de poder pensar libremente, poder pensar para no caer en las telarañas de la oligarquía. No obstante, esto no resultó beneficioso para unos cuantos. Ellos sabían que una sociedad pensante no convenía.
Paradójicamente, la llegada de la tecnología jugó a su favor. Los jóvenes, seducidos por una vida más fácil que no se relaciona justamente con años de estudio y, ante una sociedad que no les ofrece empleo sino productos para consumir, ni siquiera piensan en la importancia del saber.
En conclusión, los jóvenes son los mismos y en el fondo, los ideales también. Por lo tanto, al igual que en 1918, llegará un día en que dejen fluir su naturaleza opositora y se revelen contra lo impuesto. Solo falta que despierten y que vean que todo empieza por una idea. Una idea que puede cambiar sus vidas.
Cada fiesta de egresados fue desde siempre, una gran alegría para quienes culminan el secundario. Sin embargo, en los últimos tiempos esta fiesta tomó un tinte diferente.
Jóvenes aliviados, experimentan la satisfacción de no tener que volver a tocar un libro a no ser que se trate del manual de manejo.
Ante este panorama, resulta confuso pensar en ellos, “los chicos de la Reforma”, ellos que lucharon con todas sus fuerzas porque querían participar. Porque simplemente querían estudiar dignamente.
Corría el año 1918.Por un lado, Argentina se veía inundada por corrientes de extranjeros que huían de la guerra y querían “hacer un país diferente”.
Por el otro, jóvenes universitarios que también huían. Huían de un modelo de país liderado por la oligarquía y de aquellos que decían ser sus maestros pero que simplemente eran títeres de la Iglesia Católica.
Ellos decidieron dejar de escapar y comenzar a hacer algo distinto.
La Reforma se gestó en Córdoba pero alcanzó a toda América Latina.
Sus objetivos se fueron cumpliendo uno a uno, desde el acceso a la docencia por parte de cualquier persona capacitada para dicha actividad, hasta la posibilidad de estudiar en un ámbito público.
Sin embargo, con el paso del tiempo la acción social disminuye a pasos agigantados y no se visualizan siquiera huellas de aquellos románticos que lograron ganarle a la aristocracia. Si supuestamente, hay que conocer el pasado para entender el presente, en estas circunstancias pareciera faltar una porción de historia. ¿Qué es lo que sucedió?
La educación argentina comenzó a crecer a partir de la necesidad irrefrenable de poder pensar libremente, poder pensar para no caer en las telarañas de la oligarquía. No obstante, esto no resultó beneficioso para unos cuantos. Ellos sabían que una sociedad pensante no convenía.
Paradójicamente, la llegada de la tecnología jugó a su favor. Los jóvenes, seducidos por una vida más fácil que no se relaciona justamente con años de estudio y, ante una sociedad que no les ofrece empleo sino productos para consumir, ni siquiera piensan en la importancia del saber.
En conclusión, los jóvenes son los mismos y en el fondo, los ideales también. Por lo tanto, al igual que en 1918, llegará un día en que dejen fluir su naturaleza opositora y se revelen contra lo impuesto. Solo falta que despierten y que vean que todo empieza por una idea. Una idea que puede cambiar sus vidas.


